Ensayo · Julio 2026

La Mejor Peor Velada.

Bocinas quemadas, caja en pérdida — y la primera velada en Consuelo en unos treinta años. Se puede comprar el anfiteatro; la voluntad de arrancar, no.

Un anfiteatro para mil personas, en medio del batey.

Eso es la Casa de la Cultura de Consuelo. Por unos años fue el epicentro de una educación musical y artística que todavía trasciende. Hasta hoy, en el 2026, el 10% de la Sinfónica Nacional proviene de Consuelo. Allí mismo se compuso una versión sinfónica del Compadre Pedro Juan, cuando eso todavía era avant-garde.

Un batey haciendo vanguardia.

Llegué y la encontré en ruina. Vacía, oxidada, en abandono.

Pero lo peor no era la infraestructura. Lo peor era que había perdido el espíritu que la sostenía.

¿Y qué pasó con ese espíritu? ¿Qué pasó con la lección que aprendió allí Andy Branche — «que teníamos el mismo valor y los mismos derechos todo el mundo»?

Ese espíritu tuvo nombres. Leonor Gibb y Anna Nolan llegaron a Consuelo sin más recursos que su convicción.

Lo que levantaron se midió solo: los jefes del ingenio querían meter a sus hijos en las escuelas de las canadienses.

Creyeron tanto en la dignidad que no aceptaron ninguna de las propuestas para llevarse la obra a Santo Domingo.

Y creyeron tanto que se pararon frente al hombre que decidía en este país.

Balaguer, calculador, le dijo a Anna: «Yo creo que esa escuela que ustedes quieren hacer le corresponde a un liceo.»

Ella lo desafió: «Yo vivo con su gente. Y déjeme decirle que su gente merece una escuela tan buena como la de cualquier liceo en Santo Domingo.»

No lo ablandó el ruego. Lo ablandó encontrarse de frente con el mismo espíritu enérgico que él decía querer para el país.

¿Y qué pasó con ese espíritu? ¿Cómo se hereda un anfiteatro y no se hereda la voluntad?

Hay lugares que sueñan con tener apenas un aula y unos violines.

Aquí ya había un anfiteatro. Con problemas, sí, pero utilizable. No había que cavar un hoyo, ni poner un block.

Aquí, ahora, solamente se necesitaba la voluntad. Una voluntad anclada en el espíritu de estas hermanas.

De ahí nació el espíritu de «La Mejor Peor Velada».

Porque algo he aprendido en esta vida: el dinero es para sostenerse, no para arrancar. Esto se iba a hacer no porque alguien nos diera un dinero para poder hacerlo, sino porque nosotros dijimos que se hacía, pasara lo que pasara.

Alguien pagó ese anfiteatro — y se cayó igual. El dinero sí llegó a Consuelo. Lo que se fue fue la voluntad.

Como decía Sor Leonor — dar más cosas materiales es echarle el jabón al sancocho.

¿Quién se atrevería a ser doliente?

Como instructor, yo apenas tenía la chispa. Me hacía falta la candela.

Gibb y Nolan no habían preguntado con qué contaban. Preguntaron con quién.

Una niña pequeña en estatura y grande de corazón. Dhasla Vargas dijo: «Yo quiero organizarlo.»

Ese deseo de hacer, de arrancar, contagió al resto de los estudiantes.

Algunos se metieron de cabeza, listos para venir todas las tardes a ensayar en el escenario lo que en las mañanas hacían en los parques.

Otros desafiaron y se quejaron. Una dijo: «Esto va a quedar como un desorden.»

Defendiendo la vulnerabilidad en la que se pone el constructor, le devolví el desafío: «¿Si tú crees que lo puedes hacer mejor, por qué no te unes?»

Y así lo hizo. Su queja se transformó en ojo crítico. Dhasla se encargó de lo artístico; ella asumió la producción.

Sin poner más de cinco mil pesos — para sembrar la frugalidad que lleva al ingenio — se organizó la velada. Todos aprendieron a sacar de abajo.

El día

Llegó el día y los ánimos estaban de punto. Algunos con dolor de barriga. Otros mirando al cielo en silencio.

Había una nube enorme. Estaba a punto de llover y el montaje de bocinas se iba a arruinar.

En un corre-corre recogimos los equipos y los pusimos bajo techo. Mirábamos las nubes. Temíamos tener que cancelar. Por suerte, pasaron.

Lo que no sabíamos es que lo peor estaba por venir.

En lo que montábamos otra vez las bocinas, los amplificadores y las luces — en la prisa por empezar a tiempo, o al menos con el mínimo de retraso — un joven se equivocó de enchufe. Puso equipos sensibles y de mucha demanda energética donde no era.

Primero fue el olor. Después el humo, saliendo despacio por detrás de las bocinas.

Y después el silencio. Un escenario listo y nada con qué sonar.

Era como si el enemigo estuviera en nuestra contra.

¿Lo peor? Las bocinas eran prestadas. Gamal Menor estaba tan entusiasmado con la idea que nos ofreció esa ayuda.

Y como todo aquel al que se le daña un recurso importante, Gamal se molestó.

La velada iba a dejar pérdidas totales. Íbamos a desilusionar a las trescientas personas que vinieron no tanto por el talento que teníamos, sino por las ganas de presentarnos y rescatar el espíritu emprendedor de Sor Leonor.

En ese momento, Gamal nos podía matar el impulso. Tenía todo el derecho. Era su equipo, y fuimos nosotros los que lo quemamos.

Y sacó de abajo: «Gustavo, busca la camioneta. Vamos a buscar el sonido de la iglesia pentecostal. No podemos fallar por eso.»

La buscamos. La montamos.

Con hora y media de atraso, empezamos una velada que fue mucho mejor en espíritu de lo que hubiésemos podido imaginar.

Salían todos a dar la cara, a tocar música, a disfrutar. Los actos pusieron a reír al público.

Por mal que salieran las cosas, el espíritu de querer hacer, de poder hacer, de rescatar un honor, le ganaba al pesimismo de «Gobierno, ayúdanos». El sentirnos capaces de hacer algo se bebía como un elixir espiritual.

El cierre que no estaba en el programa

Pensando que no podíamos superar ese sentimiento, el joven que manejó la electricidad de manera indebida — el que se equivocó de cable — hizo algo que definió su carácter para siempre.

Quiso cerrar el acto. Dar las gracias. Y pedirle disculpas al público.

Ese adolescente dejó atrás todo impulso de niño y se posicionó entre los grandes.

Mis respetos siempre a quien puede encontrar ese espíritu.

Manejé de vuelta a Santo Domingo a las dos de la mañana, después de tres horas de desmontaje y de contar una caja que dejó pérdidas, con la mayor satisfacción.

Miedo no tenía. Ese día decidimos ser Judit — la que no esperó a que alguien más viniera a rescatar la ciudad.

Se celebró la primera velada en Consuelo en unos treinta años.

¿Y cómo la recordó Gabriel? — «Yo nunca había gozado tanto unas vacaciones.»

Los jóvenes tienen un tremendo deseo de trabajar. Hay que darles la oportunidad.

Se puede comprar el anfiteatro. Se pueden comprar los violines.

No se puede comprar la decisión de arrancar sin nada.

No se puede comprar la decisión de seguir con las bocinas quemadas.

No se puede comprar los cojones de poder subir al escenario a pedir disculpas.

No se puede comprar la dignidad.

Haciendo nos hacemos.

Comprando nos desviamos.

¿Y tú — cómo vas a educar?