Ensayo · Julio 2026

¿Y si el problema no fueran los políticos?

Washington desconfiaba de los partidos — pero no tenía alternativa. Hoy sí la tenemos: la democracia es una tecnología, y puede mejorar.

En 1796, George Washington escribió una de las advertencias más famosas de la historia:

«Beware of political parties.» — cuidado con los partidos políticos.

Tenía razón... y al mismo tiempo, estaba condenado a perder esa batalla.

Los partidos políticos no nacieron porque alguien los quisiera. Nacieron porque la democracia de finales del siglo XVIII no tenía otra forma de organizar millones de personas. Sin radio. Sin televisión. Sin internet. Sin teléfonos. Sin inteligencia artificial.

Si querías coordinar una nación, necesitabas intermediarios. Los partidos se convirtieron en esa tecnología.

Durante dos siglos funcionaron razonablemente bien. Pero toda tecnología envejece.

Bruce Bueno de Mesquita hace una pregunta distinta

El politólogo Bruce Bueno de Mesquita propone una idea extraordinariamente simple. Todo gobernante depende de una coalición ganadora — es decir, del grupo de personas cuyo apoyo necesita para conservar el poder.

Mientras más pequeña sea esa coalición, más rentable resulta repartir beneficios privados. Mientras más grande sea, más rentable resulta producir bienes públicos.

No es un juicio moral. Es un incentivo. Las instituciones moldean el comportamiento.

España: cuando media nación gobierna contra la otra media

Basta observar la política española. Pedro Sánchez despierta una intensidad emocional pocas veces vista. Para algunos representa la defensa de la democracia. Para otros, la destrucción de España.

Cada elección parece presentarse como una batalla existencial. Si gana un bloque, el otro siente que perdió el país.

No porque los españoles sean especialmente conflictivos. Sino porque el diseño institucional convierte la política en una competencia por controlar un único gobierno. El premio es enorme. La derrota también.

Cuando el ganador se lo lleva todo, la oposición tiene incentivos para impedir que gobierne con éxito. Y el gobierno, a su vez, tiene incentivos para gobernar pensando en la próxima elección antes que en el próximo cuarto de siglo.

Bélgica: el otro extremo

Bélgica tomó un camino diferente. Su sistema obliga a negociar entre comunidades lingüísticas, regiones y múltiples partidos.

El resultado es curioso. El país puede pasar meses formando gobierno. La negociación nunca termina. El conflicto disminuye. Pero la velocidad también.

Suiza: cambiar las reglas del juego

Suiza hizo algo mucho más radical. En lugar de preguntarse quién debía gobernar, preguntó cómo evitar que media nación gobernara contra la otra media.

Su respuesta fue compartir el poder. Los principales partidos integran conjuntamente el Consejo Federal. Las diferencias ideológicas siguen existiendo. Las campañas electorales continúan. Pero al día siguiente deben volver a sentarse en la misma mesa.

La pregunta deja de ser cómo destruir al adversario. Pasa a ser cómo convivir con él.

¿Y si el siguiente paso ya fuera posible?

Washington desconfiaba de los partidos. Pero en realidad no tenía alternativa. Hoy sí la tenemos.

Imaginemos una democracia donde el Congreso continúe existiendo, pero algunas decisiones nacionales importantes lleguen directamente al ciudadano. Cada tres meses. Una boleta sencilla. Cinco preguntas.

¿Aprueba la reforma educativa? ¿Aprueba este proyecto de infraestructura? ¿Aprueba esta modificación constitucional? ¿Sí o no?

Suiza lleva décadas demostrando que esto no es una fantasía. Los ciudadanos votan varias veces al año sobre asuntos concretos. La política deja de ser únicamente escoger personas cada cuatro años. También consiste en decidir políticas.

¿Y la República Dominicana?

La República Dominicana llegó tarde a muchas revoluciones. Quizás esa sea una ventaja. No tenemos que copiar exactamente el siglo XIX. Podemos aprender del XXI.

Internet conecta prácticamente a toda la población. La identidad digital es cada vez más segura. Los costos de consultar directamente a millones de ciudadanos son infinitamente menores que hace apenas veinte años.

Entonces surge una pregunta inevitable. Si hoy podemos consultar al pueblo varias veces al año de manera segura, transparente y barata... ¿seguimos necesitando que toda la política pase exclusivamente por partidos?

No se trata de eliminarlos. Siguen siendo útiles para formar liderazgos, organizar propuestas y construir equipos. La pregunta es distinta. ¿Deben seguir siendo el único puente entre el ciudadano y el Estado?

La democracia también evoluciona

Hubo un tiempo en que votar era revolucionario. Luego llegaron los partidos políticos. Después aparecieron los parlamentos modernos. Más tarde, Suiza incorporó referendos e iniciativas populares como parte normal del gobierno.

¿Por qué asumir que la democracia dejó de evolucionar precisamente en nuestra generación?

Quizás el próximo gran avance no consista en elegir mejores políticos. Quizás consista en diseñar instituciones donde la supervivencia política dependa cada vez más de crear valor para la mayoría y cada vez menos de satisfacer a una pequeña coalición.

Porque, al final, las personas responden a incentivos. Y las instituciones deciden cuáles son esos incentivos.

La democracia no es una religión. Es una tecnología social. Y como toda tecnología, puede mejorar. Nadie propone volver a votar con piedras o enviar cartas a caballo. Entonces, ¿por qué asumir que la arquitectura política del siglo XIX es el destino final de la democracia?