Autora · Consuelo, San Pedro de Macorís
Hola, soy Taini.
La primera vez subí a esa guagua sin poder con el estómago. Todavía estoy en el trayecto, pero ya no voy vomitando.
Siempre he amado leer. Desde que tengo memoria me desvelo leyendo. Pero nunca pensé que un libro de verdad me iba a quitar el sueño.
Una semana antes de mi primer día de pasantía nos asignaron un libro. La meta, de Eliyahu Goldratt. Para muchos hubiera sido fácil. Para mí, que venía de un politécnico y de exámenes donde cada nota costaba sacrificio, fue todo un reto. Yo me lo tenía que leer. Pero, ¿en una semana? Noches sin dormir. Una sobredosis de café la noche antes, hasta que logré terminar de leerlo y hacer mi resumen a tiempo. Y adivinen: de camino a la empresa, en la guagua, el exceso de café me pasó factura, vomité por todo el trayecto. Ese mismo día llegué, y me presenté.
Pensaba que ahí iba a hacer algo de tecnología. Y era verdad. Solo que en un inicio tenía que pelear con algo que se llamaba XAMPP. Vinieron noches enteras desveladas programando, peleándome con eso, hasta que llegó la sorpresa: me di cuenta de que otros podían hacer lo mismo en horas. Ahí entendí que el trayecto sería largo. Solo que el reto real no era ese, y me tomó meses verlo. No sabíamos decir que no sabíamos, y Gustavo no era adivino, no sabía que no sabíamos. No fue hasta el final que nos dimos cuenta del elefante que teníamos en la habitación. Y cuando trabajamos conforme a eso, todo cambió.
Tuve muchas crisis trabajando, casi todas por lo mismo: no sabía comunicar lo que no sabía. Recuerdo un día entero tratando de resolver errores de código sin lograr algo tan simple como un drag and drop. Me estresaba, lloraba después de horas sin conseguirlo. En esas ocasiones, con el estrés en la cabeza, pensé en tirar la toalla. Pero gracias a quienes confiaron en mí entendí que caer no es la derrota, que uno no siempre sabe hacer las cosas bien de una vez, y que lo que cuenta es ser persistente.
Ha sido toda una experiencia, he aprendido, y sigo aprendiendo, de todo. Uno de esos aprendizajes vino con la velada navideña en mi pueblo, Consuelo, en San Pedro de Macorís. Era una tradición que llevaba veinticinco años sin hacerse, y un grupo de jóvenes la retomó, producir por producir, con la finalidad de reactivar la Casa de la Cultura, nuestro anfiteatro que ya no recibía actividades. Estar presente en ese proceso, desde cero, fue de lo más humano que he vivido en todo esto. Y en medio de eso entendí algo que se repite en todos lados: todos tenemos talentos. Como decía Sor Leonor Gibb, ayudamos a las personas revelándoles sus talentos y su deseo de mejorar.
Meses después, viendo un video que no tenía nada que ver con clases ni con trabajo, Gustavo me retó a identificar si aquello se parecía a La meta. Apostamos un filete. Perdí. Muchas veces pienso que todo se nos presenta desde las mismas fuentes, pero no siempre es así, esta vez la meta estaba ahí, escondida en ese video, y aun así no la pude identificar.
He aprendido, y sigo aprendiendo, lo que es la humildad. Humildad para no justificarme, humildad para aceptar mis errores, humildad para trabajar en no refutar todo lo que me dicen, humildad para admitir que en realidad no sé nada, y que cada vez que aprendo más me doy cuenta de qué tan poco sé. Eso a veces me hace sentir menos preparada, pero con más deseo de prepararme.
Fui dejando la arrogancia de lado, y fui dando paso al amor. En la escuela era muy cerrada, y siempre, siempre creí que debía liderar. A veces solo se trata de centrarnos y aprender. He tenido muchas experiencias que me han marcado, que han mejorado mi creatividad y quien soy. Y de hecho, todo eso se lo debo a Dios.
Antes creía que sabía mi norte. En el proceso descubrí que no lo sabía. Hoy sigo descubriéndolo, y sigo aprendiendo a ser humilde, a no parar, y sobre todo a despegar. La primera vez subí a esa guagua sin poder con el estómago. Todavía estoy en el trayecto, pero ya no voy vomitando.